domingo, julio 22, 2007

Ha vuelto nuevamente a mí, esta mañana, de camino al claustrofóbico encierro diario, esa sensación de pena avasalladora. Mientras iba sentado en el metro con la mirada distraída y ensimismada, los ojos se me llenaron de lágrimas y una pena existencial me golpeo sin más. Volví a la habitual sensación, conteniendo las lágrimas que esta vez querían salir sin un motivo aparente. Pensé que no volvería suceder, por lo menos por un tiempo, pero de todas formas surgió inesperadamente desde donde se había ocultado una pequeña temporada lejos de mí.