martes, enero 02, 2007

Sencillito a veces

Eran alrededor de las 12:00 A.M. El local de pago estaba lleno; la fila salía unos 8 metros del lugar y giraba hacia la derecha. Me tocaría esperar una vez más. No había más posibilidad de posponerlo. Debía esperar mi turno y salir de eso lo antes posible. Comencé a mirar hacia los lados, no llevaba ni un minuto y ya estaba completamente hastiado y aburrido. Miré la tienda que estaba a un costado. Era una tabaquería, la cual era atendida por un par de mujeres. Ni siquiera entraban las moscas. Los estantes contenían varios periódicos y algunas pocas cajas de puros y tabaco. Intente leer los titulares, era una lástima que mis lentes estuvieran rotos ya que sin ellos a esa distancia no veía un cárajo. Forcé la vista, no había forma, desistí. Ni siquiera tenía dinero suficiente para poder comprar alguno, sólo el necesario para poder volver a mi casa. A mi lado izquierdo el panorama no era más alentador. Ahí se ubicaban las cajas del supermercado. La gente caminaba apurada, mientras las rueditas de los carros sonaban muy agudas y hacían un poco más interesante el deteriorado paisaje. Me sentía encarcelado, imantado a las otras personas en la locura de lo cotidiano. Todos parecían tan desinteresados de todo. Caminaban sin interés. Conversaban sin interés. Respiraban sin interés. Vivian sin interés. Todo esto acompañado de la amargura de sentir la muerte cada día apoderarse un poco mas de sí mismos. A ratos me sentía igual, completamente ajeno a todo. Era como estar flotando mientras el piso estaba moviéndose muy rápido y en dirección contraria. Seguíamos todos ahí. Sin avanzar nada. Los minutos parecían extensas horas. Observé a los guardias que se paseaban de un lugar a otro. Realizaron un pequeño operativo para que un tipo se sintiera seguro a la hora de requisar el dinero que las cajas habían obtenido en las primeras horas de la mañana. Imaginé que entraban unos hombres y asaltaban el lugar. Y pensé en lo lamentable de su trabajo y pensé en lo lamentable de casi todos los trabajos. Aunque en este se podía morir antes, en los otros trabajos la muerte se acercaba muy lento, te hacia pedazos de a poco, te comía vivo, produciéndote una agonía terrible. Perder la vida en trabajo con un sueldo miserable, no valía la pena. Casi todo no valía realmente la pena, pero a la mayoría de las personas le cuesta entenderlo.

No había prestado mucha atención a la gente a mí alrededor, por lo general nunca lo hago salvo cuando el aburrimiento se expande y se deja caer con fuerza sobre mí. En eso casos observaba, nunca hablaba. Me di la vuelta y miré la fila que se había incrementado demasiado. Miré los rostros. La mayoría estaban retraídos. Un par de personas hablaban de algo que no me interesaba escuchar. Me doy vuelta sintiéndome vació. No había fuerza, locura, ni inteligencia en esos ojos. Eran seres comunes, con vidas comunes. Fijé mi vista adelante, era casi la misma historia. A excepción de que note la presencia de un tipo mayor que estaba delante mío. Se movía un tanto nervioso. Como con espasmos. Miraba hacia todos los lados mientras hablaba solo. La mayor parte del tiempo sólo veía su nuca, la cual cubría con un gorro de color café y del cual asomaban pelos largos que llegaban hasta el final del cuello. Comencé a observar su ropa. Noté que estaba vestido completamente de café en distintas tonalidades, sin duda su esposa se lo había ordenado. Cada vez se movía más, podía percibir su desesperación. Habló algo con las mujeres que estaban delante de él. No pude oír, hablaba casi ilegible. Las mujeres lo miraron extrañadas, movieron sus cabezas. No sabía si le habían entendido. Pensé que no. Se salió de la fila y se asomó dentro del local. Hablo algo con alguien y sonrió. Note que le faltaban algunos dientes. Volvió riéndose a su lugar. Vi que me miró. Pero hice como que no lo había visto. Comenzó a moverse en el lugar como si algo no estuviera funcionando correctamente en su cabeza. De vez en cuando daba miradas hacia atrás y particularmente a mí. Vi como se daba vuelta y me miraba fijamente a los ojos. Hice como si no lo hubiera visto, nuevamente. Noté que quería hablarme, porque intento decirme algo, pero como no lo había mirado se retractó. Mierda, pensé. No tenía como escapar de aquella situación. Que no me hable, que no me hable, pensaba. Hasta que sucedió lo esperado. Se giro hacia mi y me dijo algo que no alcance a entender. No quise preguntar ¿Qué? Eso indicaría que estaba interesado en lo que decía; lo único que me interesaba en eso momentos era que la fila avanzara más rápido. Así que respondí, con un sí. Volvió a decir algo, pero de nuevo no entendí nada. Dude en responder sí o no. Pensé un momento y no respondí. Sólo fingí una sonrisa como dándole la razón. Dándole la razón de qué. No lo sé. Pensé que era la mejor forma de salir del paso. Las personas que estaban más adelante y que ahora se encontraban de lado lo miraban extrañados. Siguió con sus movimientos, hacia la espera aun más tortuosa. Pensé que hubiera sido bueno haber traído algo para leer o algo de música para escuchar. Incluso deseé que alguien repartiera algún volante con precios. Así la espera hubiera sido un poco menos agónica. Me comenzaron a sonar las tripas, no había comido nada. Por fin la cosa comenzó a moverse. La gente se salía de la fila y se dirigía a ver que sucedía con las cajas. No podía escuchar lo que decían. A mis espaldas habían comenzado varias conversaciones, la cosa estaba más animada. Presentíamos que las cosas mejorarían. Más gente comenzó a salir desde el interior del sucucho. El viejo parecía estar más nervioso y varias veces fue a ver que sucedía. Volvía y se seguía moviendo. No cesaba. Me estaba poniendo nervioso. Llevábamos bastante tiempo esperando, preguntarse por qué los manicomios están llenos y las cárceles, esta de más. Simplemente los factores se desencadenan y luego la explosión. Creo que este tipo estaba a punto de hacer combustión, faltaba una chispa para que todo estallara. De un momento a otro la cosa pareció avanzar por fin. Ya nos encontrábamos casi en la entrada. Faltaba poco, ya que el lugar sólo tenía una superficie de tres metros por tres. En la entrada había una vitrina de un metro y veinte de altura en donde se exponían carcasas de todo tipo de celulares. Ninguna llamaba la atención. Parecía como si estuvieran puestas ahí sin ningún sentido. Un papel sobre la vitrina señalaba algo sobre los precios más bajos que ofrecía el supermercado. El abuelo lo tomo y me lo mostró. Decía: “No pague de más”, el leyó “Pague de más”, al momento se retractó y lo leyó bien, me señaló que se había equivocado, y acompañó todo esto con una carcajada demencial. En ese momento, antes no me había percatado, observé su rostro, su cara estaba repleta de arrugas alrededor de los ojos y en la comisura de los labios y en las mejillas. Su piel era morena clara. Mientras prestaba atención a su fisonomía. Me preguntó, ¿Cuántos años crees que tengo? No lo sé, respondí. No, pero sólo di una edad. No lo sé, tal vez, ¿unos 65 años? Muchas gracias joven, volvió a retorcerse, miró sus pies y se balanceó con espasmos. La verdad es que tengo 80 años. ¡Ah¡ bien. Sí, 80 años. Se quedó un poco pensativo. Me dio aviso de que sólo había una cajera, por lo general eran dos. Por eso quizá esto andaba más lento. Tal vez no hay sistema, le dije. Eso suele suceder. Estamos atrapados, me dijo. Y si uno alega no lo toman en cuenta. Uno debe esperar sin decir nada. ¿Se le ha ocurrido alguna solución para esto? No, respondí. La verdad es que no me interesaba perder el tiempo pensando en algo que no podía ser, pero no se lo dije. Quizá a él le gustaba soñar. Volvió a preguntar, ¿No se le ha ocurrido una solución a nuestra espera? No, ninguna respondí. Me miró como si yo fuera un estúpido, con una sonrisa de orgullo. La mayoría de las cosas carecían de importancia para mí. Pero el sentía orgullo de su descubrimiento. Me dijo que si a las empresas en donde se realizan los pagos el Estado les cobrara un porcentaje o cantidad de dinero X por cada minuto de espera del cliente, correrían, ¿oh no? Si, respondí. Es probable. Lo que no era probable era que su idea se llevara a cabo. ¿Se imagina? Saco del bolsillo la cuenta de su teléfono. El pago consistía en $35.250. Los papeles estaban sujetos con un alfiler con la punta de color rosado. ¿Se imagina que de estos $35.250 por todo el rato que llevo esperando disminuyeran unos $8.000? Solo pagaría $27250. Sería bueno, respondí. Muy bueno, dijo él. ¿Usted sabe cual es el país donde no se pagan muchas de las cuentas? No, no lo se. ¿Cuál? Pregunte con desgano. Rusia, respondió. ¿Ah si? Sí, respondió. Rusia. No dije nada más, y se quedó por un momento callado. ¿Le dije Cuba?, preguntó. No, Rusia. ¡Ah! Verdad. Si, creo que también en Cuba no se pagan muchas de las cuentas. OK, asentí. Mientras me decía todas estas cosas había percibido su aliento, era fuerte, el típico aliento de los viejos. Ahora, me dijo, le toca a hablar a usted, ya me siento medio raro hablando sólo yo. No tenía ganas de hablar nada. Por lo general hablo poco, y menos con extraños. Intenté formular alguna pregunta, algo que decir, pero no se me ocurría nada. Encontraba muy falso el hecho de tener que decir algo para seguir una conversación que no me estimulaba ni me interesaba. Me quede en silencio. El me miraba como esperando que dijiera algo. Noté que volvió a estremecerse. Me estaba desesperando al no poder hablar en tanto tiempo, me dijo; pensé, me estaba desesperando al escucharlo hablar tanto. Después, no se si lo habrá hecho consciente o no, pero volvió a preguntarme lo de la solución al tiempo que esperamos para pagar cuentas y lo del país en donde no se pagan muchas cosas de la que nosotros pagamos. No, respondí nuevamente. El siguió explicándome lo mismo. Sentí una extraña compasión por el viejo. Me sentí como un maldito insensible sumergido en mi burbuja de amargura, en mi acidez enfermiza, en mi falta de capacidad de reflejarme en los demás. Sonreí amablemente después de haber pensado esto. Puede ser que el estuviera loco, pero al fin y al cabo la mayoría de nosotros lo esta. El probablemente habrá hecho menos daño en el mundo que muchos de los que me rodeaban. Me había comportado como un imbécil, como uno más de los que desprecio, no era muy distinto a ellos aunque creía serlo. Yo era un maldito farsante. Enrojecí de vergüenza mientras las últimas personas delante de nosotros pasaban a pagar. Mientras tanto la segunda cajera llegaba. Se sentó y se puso a contar billetes. Era inhumano reclamar, sus sueldos deben de haber sido muy bajos, ellas simplemente eran la cara visible de algo que esta podrido y no funciona bien. Lo mejor era callar y esperar. No había cabida para la acción, aunque a mi la verdad me daba lo mismo. Llego el turno del viejo, caminó pausadamente hacia la ventanilla. Buenas noches, le dijo a la cajera. Ella lo miró un tanto sorprendida. Las dos mujeres sonrieron, el abuelo también. Entrego la cuenta. La cajera la tomó y revisó el código y el valor de esta. Mientras tanto saco de su bolsillo el dinero y los puso sobre el mostrador. Pago con cuatro billetes de $10.000. No había notado que ahora el alfiler de cabeza rosada y un pequeño papel donde estaba el monto de la deuda estaba sujeto a su chaleco. La mujer le dijo el monto. El dudo un momento. No recordaba cuanto era, así que reviso el papel que tenía atravesado con el alfiler. Lo giró y lo puso en una posición apta para su mirada. Repitió el mismo valor. La mujer le confirmó. Me gusta este lugar exclamó, las señoritas son muy simpáticas y siempre atienden bien. Las mujeres sonrieron. Eso es todo, le dijo la mujer. ¿Eso es todo?, preguntó. Sí. Muy bien, dijo. Bueno, eso era todo. Mientras avanzaba a la caja., el me tocó la espalda y me dijo: Tal vez nos veamos el otro mes. Sí, exclamé. Se fue rápidamente. Escuché su voz a lo lejos. Hablaba con alguien. Luego no escuché más; me dispuse a cancelar la deuda. El trámite era sencillo. No sabía como el tiempo había trascurrido tan rápido mientras todo eso se movía tan lento. Salí del lugar a paso rápido. La micro estaba parada esperando pasajeros. Saque las monedas de mi bolsillo, las conté y pague. Me subí. Y me senté al lado del sol.