martes, enero 09, 2007

6:30 AM

Desperté un tanto cansado mientras la alarma del celular sonaba estridente. Lentamente saqué la mano oculta en las frazadas y como un autómata corté el sonido que me parecía haber estado sonando por varios minutos, aunque tan sólo habían sido segundos. Me estiré. Permanecí con los ojos cerrados. No había nada que hacer. El tiempo transcurría implacable y todo seguía igual. Me sentía atrapado en una vorágine que convergía y se encerraba con barrotes de agonía sólo en mi cabeza, como un zumbido de miles de abejas que no me dejaban escapar.

1 Comments:

Blogger lagave said...

Cierto. Para mí, el mismo momento se convierte también en agónico cada mañana. Además del sonidito, tengo un suceso singular.Patearía a mi higiénica vecina de abajo, que, invariablemente, a las 7.50, levanta una estrepitosa persiana para abrir la ventana y dejar que el aire helado purifique sus miasmas.... ¿Qué culpa tengo yo?¿No es bastante el tormento de tener que levantarse para que los tres míseros días que puedo dormir hasta las 8 me robe diez, sólo diez pero maravillosos, minutos?
Ah, y amo mi edredón nórdico, tan calentito, por encima de todas las cosas.

4:35 p. m.  

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