viernes, abril 28, 2006

Esperanzas enfermas.


La felicidad era perseguida por mis sueños disgregados por el viejo pavimento, el sol refleja mi soledad en cada paso que doy. Me oculto en mis muros y atisbo de lejos todas mis penas, que ruedan calle abajo junto a la basura que se acumula en las esquinas, tomo una piedra que yace en el suelo y la lanzo rompiendo el cristal de mis deseos, y miro a mi alrededor y no encuentro a nadie que pueda entenderme, las calles se encuentran vacías, vanas polvaredas se levantan con el viento de la tarde. Y parece que a lejos veo aparecer esperanzas enfermas, que expelen mal olor, y llueve del cielo desdichas, y toneladas de mentiras se hacen escuchar. Las imágenes se descascaran en la oscuridad de mi mente, afloran semejantes a leves trazos de luz tenue, intento descifrar los jeroglíficos de mi inconciente, los colores que me persiguen y explotan y se disipan en las sombras al reverso de mis ojos. Mi alma descansa en los pastos de mi indiferencia, sin afición a las amistades vanas, vomitando el cinismo como una enfermedad, escupiendo maldiciones al desierto del olvido, cercenando lo cotidiano en pequeños trozos de frustración. Necesito dar vuelta a la página de los recuerdos que desfallecen agotados en mi mente inconformista.

miércoles, abril 19, 2006

Dos pasos hacia la indiferencia.


Tome el diario y comencé a hojear unas paginas, no había nada que llamara en lo mas mínimo mi atención, pase la vista por los títulos de las noticias de manera muy rápida, no tenia la menor intención de leerlo, lo tire al lado de mi cama, tome un vaso con agua que me había traído de la cocina y bebí un par de tragos, pensé en leer algún libro, pero últimamente no podía concentrarme demasiado en las lecturas que emprendía, tenia muchísimas cosas que podía leer, pero mi mente estaba en caos, no sabia por donde empezar, me demoraba alrededor de un día en decidir solamente cual comenzaría a leer, eran tan amplios mis intereses que no tenia la menor idea de cómo canalizarlos. Mire mi biblioteca, bebí un poco mas de agua y observe lo títulos que tenia, tome uno de Ernest Hemingway, “Paris era un fiesta”, y recordé de inmediato que había pedido una biografía con imágenes de “PAPA” en la biblioteca publica de Santiago, la había dejado olvidada debajo de mi cama algunos días atrás, camine un par de pasos desde el estante con libros, que llamo exageradamente biblioteca, hasta mi cama, me agache, y levante la cubrecama que llegaba hasta el piso, mire y ahí estaba, la cara de Hemingway parecía estar mirándome, lo recogí y lo puse encima de la cama, me senté y abrí el libro en donde lo había dejado, página 45 de 144, aun me quedaba un buen trecho, aunque hasta el momento me había parecido un buen libro, lo hojeé por varios minutos mirando las fotografías, leí unas cuantas páginas y luego lo cerré. Por hoy pasaba. Me quite los zapatos y me estire en la cama, mire las pequeñas manchas en el techo que la humedad había formado e intente dormir, pero me sentí intranquilo, chopin hacia bastante rato que había dejado de sonar en la vieja radio de mi hermano, la que rallaba los discos y tenia una capa de casi un centímetro de polvo adherido al aparato. No sabia que música escuchar, dude por varios minutos, no podía decidirme, mi vida en esos momentos era una indecisión constante, me sentía sin dirección, tenia rumbo extraviado y lo que mas aumentaba mi agonía, era que todos querían o esperaban algo de mi, y yo ni siquiera sabia que dar, sin degradar mi esencia. Decidí por fin no poner música y prendí el televisor que tenia ya varios años de uso, y que tenia la particularidad de que a ratos el sonido solía disminuir involuntariamente, además, todo esto era acompañado de un ruido persistente y molesto en los parlantes, muy parecido a un pequeño zumbido, como cuando las moscas rodean la mierda de los perros en las calles, y comencé a sospechar que mi televisor era un pedazo de mierda acechado por las moscas. Mire todos lo canales pero ninguno llamaba mi atención en lo absoluto, vi que recién estaba comenzando una pelea de box en el ESPN, dos negros se enfrentaban, ambos tenían pantaloncillos de color rojo con blanco, uno, el mas oscuro de los dos, tenia unos zapatillas negras con líneas blancas en el costado y el otro zapatillas rojas con líneas blancas, ambos se encontraban en el centro del ring, se miraban desafiantemente sin despegar la mirada de los ojos del contrincante, el arbitro dio el comienzo a la pelea y ambos se abalanzaron, el mas oscuro lanzo un fuerte recto a la cara del oponente, el otro lo esquivo y de inmediato realizo una combinación de excelentes golpes, haciendo que el tipo se moviera lo mas rápido que podía no logrando impedir que le asestara un par de golpes certeros y poderosos en plena cara, ambos se movían bien y lanzaban golpes enérgicos, cada uno de ellos daba el todo por el todo, se entregaban al máximo a su pasión, como si estuvieran enfrentándose cara a cara contra la muerte. El primer round termino y con este mis ganas de seguir mirando, el canal comenzó a pasar comerciales y apague el televisor casi al acto. Me estire en la cama y recordé un cuento de Buk en el cual se enfrenta a Hem en una pelea de Box, Chinaski termina diciendo después de derrotar a Ernie: “Eres un buen tipo, Papá. Pero nadie puede vencer a todo el mundo.-Estreché su mano-. No te vueles los sesos”.

lunes, abril 03, 2006

Nimiedades cotidianas


Llevaba varios minutos esperando el autobús que me llevaría a mi universidad, en ese tiempo creo que cursaba el ultimo año de mi carrera, la semana anterior había faltado a casi todas las clases, la verdad es que en ese tiempo no me importaba demasiado, sabia que de todas formas pasaría todo sin mucho esfuerzo, la carrera y la universidad a esas alturas me tenían enfermo, no podía soportar la monotonía del día a día, el mismo trayecto inaguantable, los segundos, minutos y horas interminables que perdía de vida entre clase y clase, el hambre holocaustico, que trataba de aplacar, en cierta medida, con unas cuantas dosis de Bukowski, Kerouac, Oé, y otros, directamente a mi vena, ya a esas alturas bastante purulenta. Necesitaba que mi cerebro se nutriera, necesitaba llenar el vacío que la vida diaria me regalaba con esa sonrisa burlona y solapada. Necesitaba escupir mi rabia a una sociedad que no me deja ser. Soñaba de forma constante en poder estudiar a distancia sin tener que ver a nadie que no quisiera, no siendo obligado por nada ni por nadie, a aguantar lo que no quería ver ni escuchar. Además no podía aguantar los profesores en su postura pseudo-intelectual, me molestaba, el único merito que les daba era el de leer el libro de estudio antes que yo, los despreciaba, pensaba, pobres bastardos, no les fue dado entender demasiado, una lastima, ya que esas horas de clases hubieran podido ser provechosos si alguno de ellos hubiera sido un real aporte a mi vida, ninguno de ellos me estimulaba un ápice, una cagarruta de mosca, me esposaban con cadenas en el muro de la apatía, obligándome absolutamente contra mi voluntad a odiar todo lo que miraba, disparándome conocimientos estúpidos que bien podía aprender en mi casa, sin tener que soportar sus sosos rostros de gente común, almas comunes carentes de relevancia y trascendencia, me parecían unos pobres imbéciles, y que decir de los compañeros, la mayoría simplemente hablaban solo sandeces, nada de profundidad, aunque habían unos cuantos que se salvaban, los otros no merecían ni la mas mínima atención.

Afuera, el frió calaba mis huesos, no había querido ponerme chaqueta y ahora me estaba lamentando, ya que constantemente me tenia que frotar las manos y los brazos, y tenia hacer pequeños y ridículos movimientos con los pies para poder entrar en calor, no estaba lejos de mi casa, pero me dio pereza ir a buscar algo mas grueso para ponerme. Aun la calle mostraba rastros de la lluvia producida la noche anterior, de mi boca salía vapor al exhalar el aire contenido en mis pulmones. Me puse el gorro de mi chaleco para poder calentar un poco las orejas que por ese entonces casi se me desprendían de la cabeza. Los minutos habían pasado muy rápido, casi no lo creía, otra vez llegaría tarde a mi destino, no había día que pudiera llegar a buena hora, esto me hacia enojar conmigo mismo, aunque en esta situación no era del todo mi culpa. El autobús asomo a lo lejos, roge para que se detuviera, los dioses parecían estar ciegos y sordos la mayoría de las veces, cada vez estaba mas cerca de nosotros, una pequeña sonrisa se dibujo en nuestras caras, como diciendo ¡ya esta! ¡Por fin!, pero el maldito chofer paso de largo sin mirarnos, un rosario de maldiciones salieron expulsadas de mi boca, una de las cosas que mas me empujaba hacia la locura total, era el transporte publico en Santiago de Chile, en la intersección de las calles casi se produce un accidente, ya que un furgón escolar se disponía a cruzar, el ruido de la bocina fue estruendoso, el sonido de los neumáticos al quemarse en el pavimento nos produjo dolor en los oídos y arrugamos la cara, la conductora del furgón lanzaba improperios al chofer que ni se había percatado, espontáneamente me agache y tome una piedra que estaba a mis pies, la levante y maldije al chofer, la deje caer, y pensé que no valía la pena.