jueves, mayo 12, 2005

Era inevitable.

Era inevitable, como la muerte. Llevaba tiempo pensándolo. En la casa solo recibía presiones. Ya estas en edad, decían. Se habían esforzado en darme una educación decente si es que puede llamarse decente a eso. Y ahora me tocaba responder a mí, a sus años de sacrificios. Soñaba constantemente que me ganaba algún premio en algún juego de azar (no quería hacer absolutamente nada) pero ni siquiera lo intentaba, nunca he apostado. Aquella mañana me levante a eso de las 6:00 hrs. Afuera los perros ladraban escandalosamente. Llevaba un par de meses levantándome a las 12:00. Sentí ganas de echarme a llorar. Desesperado empuje las frazadas y me senté. Había que levantarse. Hoy era el gran día. Mi madre me había buscado el mejor traje que tenía y lo había puesto sobre una mesa en el centro de la pieza. Bostece largamente y muy despacio como intentando que el tiempo se detuviera. Me levante, tome la ropa y me dirigí al baño. Un buen baño me sentaría bien. Encendí el agua. Espere a que estuviera un poco caliente y me metí. El agua golpeo mi pecho. Tome jabón y lo esparcí por todo mi cuerpo. Puse champo en mi cabeza y comencé a frotarlo. Justo en ese instante de relajo donde el agua me estaba masajeando el cuello un chorro de agua fría me dio de lleno. ¡Maldita seaaaaa!, grite, se acabo el gas. Intente terminar de bañarme como pude mientras temblaba sin parar. Corte el agua caliente que ahora era fría. Me baje de la ducha. Mire la ropa, la corbata, los zapatos y la camisa. Estoy atrapado, pensé. Me vestí. Estaba retrasado. El primer día y todo iba yéndose lentamente a la mierda. Antes de salir me di cuenta de que me faltaba la billetera. Comencé a buscarla por todas partes di vuelta la pieza, mire mis cajones y nada. No la podía encontrar. Donde la deje. Trataba de imaginar donde podía estar. Estas cosas me volvían loco. Mas de una vez estaba listo para irme, tenia tiempo de sobra incluso, y algo se me perdía y demoraba tanto en encontrarlo que llegaba atrasado. Me senté en el sillón, ya me había rendido cuando veo debajo de la silla mi querida billetera, tan radiante y delgada como siempre. Me levante, la tome y la deposite en mi bolso. Salí casi corriendo. La micro se demoro en pasar unos 15 minutos aproximadamente. Después como es obvio venia llenísima. El chofer algo lento, abrió la puerta de atrás. Al instante corrimos entre escolares, señoras y obreros, todos unidos tras el mismo objetivo poder o al menos intentar subirse a la micro. Una señora se me atravesó. Me dieron unas ganas tremendas de empujarla, pero desistí. El autobús comenzó a andar. Las viejas gritaron ¡momento! Pero nadie pareció escuchar. Me subí. La mitad de mi cuerpo se encontraba en el exterior, trate de aferrarme con todas mis fuerzas, casi no podía soportarlo, hasta que alguien pudo subir un peldaño más y todo se hizo más fácil. Di un respiro y me tranquilice. Esto no podía durar mucho Ya que note que eran las 7: 15 y debía llegar a las 8:00. Me sentí desesperado. Pero que podía hacer, si no llegaba era probable que me despidieran pero no había firmado contrato aún, así que de libertad algo todavía quedaba. Podía mandarlos a la mierda si quería. Pero por $120000 al mes hay muchos que estarían dispuesto a trabajar, me había dicho la mujer que me entrevisto, eso lo tenia claro. Mis brazos empezaron a acalambrarse. El olor a cuerpo era insoportable. Ninguna ventana estaba abierta. Intente abrir una. Al momento, varias viejas comenzaron a darme miradas de reproche. Una dijo, hoy hace mucho frío. Otra empezó a estornudar le decía a una niña, debió ser su hija, lo tan resfriada que estaba. La cerré. Prefieren aguantar ese olor del infierno, pense. Comencé a imaginar que no cerraba la ventana y pensé lo agresiva que se hubiera puesto ese par de viejas. La gente tiene muchas ganas de pelear, eso es lo que día a día se aprende en las micros, al menos donde yo vivo, es algo bastante triste, pero entendible, salir todos los días a esas horas y tener que llegar a una hora exacta, el frío, los malos sueldos, las micros, los choferes, las congestiones vehiculares, los escolares, los olores, es sin duda para volver loco a cualquiera, y te acuerdas de lo que dicen acerca de que somos un pueblo solidario, y te das cuenta que eso no es nada mas que un cuento que la gente quiere creerse, porque si no, se darían cuenta lo bajo que es el ser humano y eso es una lastima. La solidaridad es cuento para no sentirnos tan mal.

Mire por la ventana y vi a las otras micros que intentaban ganar espacio en el camino. Me pregunte de donde proviene tanta gente y pensé en tantas vidas que se desperdician y se pudren en la rutina. El trabajo es algo cruel. Te exprimen y te quitan todas tus fuerzas, te dan algo de dinero y pobre de ti que te quejes, te dicen eres un malagradecido, que hay mucha gente que estaría dispuesta a trabajar por lo que tú ganas. Todo esta mal planteado. Nos quitan la luz del día, desperdiciamos nuestras horas entre cuatro paredes, matando el tiempo antes que el tiempo nos mate a nosotros. Después de todo el tiempo vence y tal vez descansemos. Una frenada del chofer me despertó de mi ensoñación. La gente grito de todo. Mostraron la misma rabia que yo tenía. Rara vez me sentía conectado con la gente, esta era una de esas. ¡Ya pooooo hueon!. ¡Llevai personas pooo!. ¡Aprende a manejar!. Entre esto, silbidos de desaprobación y el aprovechamiento de parte de los escolares para insultar a la madre del chofer. Después de esto muchos rieron, era algo típico, el pan de cada día. Me sentí bien. Faltaban un par de cuadras. Me note algo nervioso. Hice los cálculos y llegaría con 15 minutos de retraso. No estaba mal para mí, quizás para ellos tampoco. Toque el timbre y rogué al cielo para que no me parara en otra parte, unos segundos en estos momentos eran vitales. Mi ruego fue escuchado. Gracias, pensé. Me baje de un salto, el autobús aun no se detenía. Trastabille. Casi me doy un golpe con un vendedor de mentitas, disculpe, le dije. El tipo me miro feo. Bueno, no podía hacer nada, así que, seguí con mi camino. Mucha gente a esas horas iba y venía por la vereda. Llegue al edificio. Iba a la oficina 603. Camine hasta los ascensores. Presione el botón. Espere unos segundos. La puerta se abrió. Subimos alrededor de seis personas. Leí en una de las paredes que la capacidad era para diez. Me sonreí. Ahí no cambian más de cinco. Presionamos los botones respectivos. Todos desviaron la mirada. Yo también. Llevaba mucho tiempo viendo los rostros de la humanidad, era algo que podía volver loco a cualquiera. Se abrió la puerta. Piso numero seis. Descendí. Me dirigí a la puerta numero 603. Golpié tímidamente. Una mujer joven abrió. Me miro. No alcance a decirle a lo que venía cuando ya se había ido. Me molesto mucho. Toda la gente caminaba de un lado hacia otro. Parecían muy preocupados. Todos sin lugar a duda me vieron, pero ninguno se me acerco. Recordé lo de la solidaridad, tenía razón. Decidí hablarle a una señora mayor, que parecía muy simpática. Me acerque. Hola, le dije. Hola, me contesto de manera muy seca. Espere que me preguntara que deseaba, pero no lo hizo, me quede parado frente a su escritorio como un estúpido. Las apariencias engañan, eso es cierto. La rabia comenzó a ensegecerme. Pense en esos chicos de EE.UU. que le habían disparado a sus compañeros en el colegio, eso no estaba muy lejano de nuestra realidad. Bueno, que hago, pense. Me sentí pésimo, cualquiera se hubiera sentido igual. Nadie pareció interesarse en mi, pense ¿es que acaso no hay ninguna alma caritativa?. Parece que no, me respondí. No sabia que hacer. Me acerque a un tipo medio viejo, le dije hola. Ni me miro. Hijo de puta, le dije. Se dio la vuelta. Debería haberlo llamado por su nombre desde el principio, pensé. Que le pasa joven. No a mi nada y a Ud. Me miro feo, no había entendido, pero al final casi nadie entiende. En ese momento un tipo medio joven casi de mi edad se me acerco. Eres el que viene por el puesto de trabajo. Si, le respondí. Tienes 25 minutos de retraso. Si es que vivo muy y..., no me importa, contesto. Este era uno de esos, los había visto durante toda la vida, esos tipos que se toman muy en serio las cosas y no entienden ni jamas entenderán que en el fondo nada importa, yo me había dado cuenta de eso hace ya mucho tiempo. Toda esta situación me pareció repugnante. Por un minuto parecí vacilar no sabia si seguir lo que mi corazón dictaba o agachar el moño. Bueno, era aun joven y podía resistir todavía las molestias que mis padres me causaban. Abrí mi pequeño bolso donde tenía el CD players. Lo saque. Me puse los audífonos mientras el tipo me seguía hablando. Apreté play, Brahms comenzó a sonar. Ya no podía oírlo. Lo mire. Sus ojos parecieron salirse y la rabia le invadió el cuerpo, quizás así entendería, pero no, nadie entenderá jamas. Y me fui.

martes, mayo 10, 2005

Era el final del día.

Bueno. Era el final del día. Estaba sentado en mi cama escuchando algo de música mientras mis ojos se detuvieron en aquella vieja fotografia. Pertenecía a un periódico que mi hermano había estado revisando para escribir un articulo acerca de las religiones y que había dejado tirado en el suelo como de costumbre. En ella había una cuantas mujeres del tipo musulmana, vestidas de negro, muy santas, para nada angelicales, en sus manos portaban fusiles que bien imaginaba podían volar un par de cabezas con solo halar el gatillo, me sentí confundido, parecían estar alegres, en su caso nunca lo hubiera estado, el hecho de pensar en ir a una guerra sencillamente me desagradaba, era algo que no iba conmigo con mi forma de ver las cosas. Sentí pena por ellas, pena de que no pudieran ver , pena porque el mundo esta lleno de mierda y el final es inevitable. ¿Que podía hacer yo para cambiar las cosas? Nada, absolutamente nada. Todo esto me hizo sentir triste y más desesperanzado que de costumbre. Me recosté, me sentí cansado y algo enfermo. Me lleve la mano a la frente para comprobar si tenía fiebre y así era, tenía algo de temperatura, nada grave. Tal vez algo de descanso me sentaría bien. Apagar la luz y esperar que amaneciera era una alternativa, pero al momento la descarte, porque aún era muy temprano, al menos para mí. Afuera, la lluvia caía de manera copiosa y el ruido que hacia en el techo era bastante adormecedor, bostece. El viento hacia rugir las hojas de los arboles que parecían sujetarse a las ramas como los humanos se sujetan a la vida. Pensé ¿Que hacer? ¿Donde ir?. Era la noche, el final del día.RFEE.